7 cosas buenas que sucedieron este año en EEUU a pesar de Trump (y merece la pena destacar)

7 cosas buenas que sucedieron este año en EEUU a pesar de Trump (y merece la pena destacar)

diciembre 18, 2017 Uncategorized 0

POR JOAQUIM UTSET/ESPECIAL-. En la era política en que vivimos, todo parece orbitar alrededor del presidente Donald Trump. Su gusto por la polémica, sus salidas de tono, sus políticas populistas o las investigaciones sobre su administración acaparan la agenda y conforman el discurso público, tanto para sus aliados como para sus opositores.

Si bien el universo parece girar entorno al presidente, eso no implica que siempre se salga con la suya. A pesar de su retórica incendiaria, su aislacionismo y la perpetua convulsión en que vive Washington, en el país siguen sucediendo cosas contrarias a su voluntad que merece la pena destacar. No todo se rige según la voluntad de Trump.

Energías renovables

Unos generadores de energía eólica, fotografiados el 22 de abril de 2016 en el puerto de San Gorgonio, en California (EEUU) (AFP/Archivos | David McNew)

A lo largo de su campaña y su primer año en la Casa Blanca, el presidente dejó meridianamente claro que su política energética pasaba por eliminar regulaciones y apostar por los hidrocarburos, en particular el petróleo y el carbón.

“Vamos a revivir la industria del carbón, a salvar la industria del carbón”, prometió el entonces candidato republicano en la presentación de su plataforma energética en mayo del año pasado en Dakota del Norte. “Me encanta esa gente”.

De eso no hay duda. Una vez en el poder, el presidente ha adoptado decisiones a favor de los hidrocarburos como poner en marcha la ampliación del polémico oleoducto Keystone XL, abrir a la explotación de espacios naturales protegidos o desmantelar el Clean Power Act de Obama, que imponía estrictas regulaciones medioambientales a las centrales térmicas que queman carbón para producir electricidad.

Al mismo tiempo, aunque nunca se ha declarado enemigo de la energía renovable, su administración ha dado pasos para eliminar ventajas fiscales e inversiones federales que favorecen su crecimiento.
Ante este panorama, lo lógico es pensar que el futuro energético en EEUU vuelve a pasar más por una mina en West Virginia que por un campo de molinos de viento en Kansas.

Pues no.

Resulta que la revolución energética sigue adelante, a pesar de la Casa Blanca. Por ejemplo, un informe de la organización ecologista National Resources Defense Council del pasado octubre reseñaba que las energías renovables en Estados Unidos sigue rompiendo récords, tanto en generación como en capacidad.

En un mes de este año, las energías renovables aportaron al menos el 10% del suministro eléctrico del país. En Texas y California, esa proporción alcanza el 50% en ocasiones. Por eso, la industria privada sigue invirtiendo capital en cantidades históricas en la energía solar y la eólica. Por poner un dato, según Bloomberg, el 65% de la inversión en infraestructura eléctrica está relacionada con fuentes renovables.

Tal como señalan los expertos, aunque se haya instalada en Washington un gusto nostálgico por la política energética del siglo pasado, el sector privado sigue apostando por la energía renovable como el futuro –no lejano, sino inmediato. Quiera Trump o no.

Cambio climático

(AP Photo/Rich Pedroncelli)

Además de tratados de libre comercio como el NAFTA, pocas cosas en la esfera internacional irritan más Trump que el acuerdo de París contra el cambio climático que la comunidad internacional firmó hace dos años en la capital francesa.

“Este acuerdo otorga a burócratas extranjeros control sobre cuánta energía podemos generar en nuestro país, en nuestro suelo”, observó indignado el entonces candidato republicano en el citado discurso sobre energía en Dakota del Norte. “De ninguna manera [lo aceptamos]”.

Así fue. El presidente, quien en una ocasión calificó el cambio climático de “cuento chino”, anunció el pasado junio que se retiraba del pacto multilateral.

La salida de Estados Unidos, la primera potencia económica del planeta y uno de los mayores emisores de los gases que generan el efecto invernadero, suponía derribar uno de los pilares fundamentales del acuerdo y hacía presagiar su colapso.

Lo contrario ha sucedido. El resto de la comunidad ha seguido adelante con la implementación del tratado de Naciones Unidas, pero eso no es todo. A pesar de que el gobierno de Estados Unidos rescindió sus obligaciones en la reducción de emisiones, una coalición que engloba a 20 estados, más de 50 de las mayores ciudades y más de 60 de las mayores empresas del país se ha comprometido a reducir su contribución al cambio climático.

Así, desde que Trump llegó a la Casa Blanca se han cerrado 17 centrales térmicas que consumen petróleo y carbón. California, la mayor economía del país y el estado más poblado, se comprometió a reducir sus emisiones para el 2030 a niveles el 40% por debajo de los de 1990.

Claro está, sin la contribución y la supervisión del gobierno federal es muy difícil que Estados Unidos alcance las reducciones que le imponía el acuerdo de París, pero eso no quiere decir que como sociedad se haya bajado del carro en la lucha contra el cambio climático.

Obamacare

Esta fotografía del 18 de mayo del 2017 muestra una computadora en la que se ve el sitio web para registrarse al mercado de seguros de gastos médicos conocido como Obamacare. (AP Foto/Alex Brandon, archivo)

Una de las mayores frustraciones del presidente Trump en su primer año en la Casa Blanca ha sido la incapacidad del Congreso, controlado por su partido, de revocar la reforma de salud puesta en marcha por su predecesor.

“Obamacare es un desastre inservible”, dijo el mandatario en un tuit el pasado 13 de octubre. “Pedazo a pedazo, ahora iremos dando a Estados Unidos la Sanidad que se merece”.

Una promesa que, al menos por el momento, parece que no se cumplirá. A pesar de los esfuerzos de la Casa Blanca y el Congreso por minar el programa, la reforma de salud sigue con vida y más popular que nunca.

De acuerdo a un reciente sondeo del respetado Pew Research Center, el índice de aprobación del Obamacare alcanza el 56%, una cota de popularidad significativamente más alta que del presidente. Al mismo tiempo, el 44% piensa que ha tenido un efecto positivo, frente al 35% que consideran lo contrario. Es la primera vez desde la puesta en marcha de la reforma de salud que obtiene números positivos en cuanto a su efectividad, observó Pew.

En cuanto al número de inscritos, por ahora se desconoce si se alcanzará la cifra de 12.2 millones del año pasado. Si bien los números en las primeras semanas de la apertura del periodo de inscripción hacían pensar que se iba a igualar o superar esa meta, el ritmo ha disminuido posteriormente. Sin embargo, estados que votaron por Trump como Florida habían recibido a fecha del 12 de diciembre 823.180 inscripciones, frente a las 514.580 del año pasado. Nada mal para un plan que se supone que esté moribundo.

Hay tener en cuenta que la administración redujo a la mitad el periodo de inscripción, que en esta ocasión ha sido de solo seis semanas, al tiempo que recortó en un 90% el presupuesto publicitario para informar acerca de la apertura de las inscripciones. Un dato nada irrelevante si se tiene en cuenta que un 18% de la población piensa que Obamacare ya no existe.

Feminismo

En esta imagen proporcionada por la revista Time, la portada de su edición Persona del Año en honor a “Quienes rompieron el silencio” y compartieron sus historias de acoso y abuso sexual. La portada incluye a Ashley Judd, Taylor Swift, Susan Fowler y otras que dicen haber sido acosadas. (Time Magazine via AP)

La derrota en las urnas de la primera mujer en aspirar a la presidencia como candidata de uno de los dos grandes partidos fue vista como un revés para la lucha por la igualdad de la mujer. Más aún si quien la venció era un magnate con pasado de playboy, blanco de múltiples acusaciones de acoso sexual, quien había confesado en un micrófono indiscreto que su fama le permitía propasarse con cualquier mujer. Con Trump en la Casa Blanca, vienen días difíciles para la causa, pensaron muchas activistas. No se equivocaron, en muchos aspectos esta es una de las administraciones menos diversas en cuanto a género.

Un año después, cómo han cambiado las cosas.

El escándalo desatado por las denuncias de acoso sexual contra el megaproductor Harvey Weinstein, precedidas por las que sacudieron a estrellas y ejecutivos de Fox News, han devuelto al primer frente de la actualidad la discriminación contra la mujer. Incluso las alegaciones contra el mismo presidente, que parecían olvidadas, vuelven a estar bajo escrutinio. Si no lo creen, que se lo pregunten Ray Moore.

Los derechos de la comunidad LGTBQ

Associated Press.

En varias ocasiones a lo largo de la campaña presidencial, Trump aseguró a quienes le acusaban de ser un peligro para los derechos de los gay, transexuales y otras minorías sexuales no encontrarían un mayor defensor de ese colectivo que su persona. Se fotografió con una bandera del arcoiris en la que rezaba LGTBQ for Trump y señaló que le parecía bien que las personas transgénero usaran el baño que quisieran.

Una vez en la Casa Blanca, el discurso cambió. Entre las medidas que se han tomado desde entonces se encuentra rescindir protecciones federales que permitían a los estudiantes trans usar el baño en la escuela pública que se identificara con su identidad sexual, o dejar de incluir a los transgénero en las protecciones contra la discriminación en el marco de la ley de los derechos civiles (Civil Right Act).
Aunque la medida que más polémica causó fue prohibir servir a militares transgénero en las fuerzas armadas. Las razones que ofreció fue que su presencia causaba “perturbación” y generaba unos costes médicos “tremendos”.

Cuatro meses después, un juez federal del distrito de Columbia revocó la decisión de la Casa Blanca al ordenar la restauración de manera provisional de la directriz aprobada por el Pentágono el año pasado que prohíbe expulsar del servicio a un militar por una cuestión de género sexual.

Al menos en papel, las posiciones de la administración respecto a la comunidad LGTBQ no van en sintonía con la tendencia de la sociedad estadounidense, que cada vez se muestra más abierta a la diversidad en la identidad y el género sexual.

Una clara mayoría (63%) asegura que se debe aceptar la homosexualidad y un 93% de personas que se identifican como LGTBQ considera que ahora hay una mayor tolerancia, según Pew. Además, de acuerdo a Gallup, una mayoría opina que las protecciones ofrecidas por las leyes de derechos civiles también deben incluir a las personas gay, bisexuales y transgénero.

Las protestas en la NFL

Vía HuffPost.

El pasado septiembre, días después de que Puerto Rico fuera arrasado por el huracán María, Trump le declaró la guerra a los jugadores de la liga profesional de fútbol americano (NFL) que hincan una rodilla en el suelo cuando suena el himno antes de empezar el juego.

La práctica la empezó el exmariscal de campo de los San Francisco 49 Colin Kaepernick como medida de protesta por la muerte de afroamericanos desarmados a manos de la policía, y desde entonces un amplio número de sus compañeros la han adoptado. Sus detractores, incluido el presidente, lo consideran una falta de respeto a la nación e instaron a un boicot.

La polémica generó una enorme polvareda que durante semanas consumió a todos los estamentos de la NFL, desde los dueños a los jugadores, pasando por los fans. Kaepernick, por ejemplo, sigue sin equipo.

También es verdad que el boicot impulsado por el presidente no ha surtido el efecto deseado. A pesar de la postura de algunos dueños, los responsables de la liga decidieron en octubre no adoptar represalias en contra de los jugadores que protesten. En cuanto a los fans, un análisis del HuffPost reveló que el boicot había tenido un efecto “insignificante”, ya que la asistencia media a los estadios era prácticamente la misma que otros años.

Claro que el presidente podría declarar victoria si tenemos en cuenta que la audiencia televisiva de la NFL sigue reduciéndose, alrededor de un 15% respecto al 2015. Pero como resaltaron el Wall Street Journal y la revista Forbes, la razón es otra. Hay una oferta excesiva de partidos transmitidos por televisión, una sobreexposición, que dispersa el interés de los aficionados. Además, si las razones del menor interés de los telespectadores fuera político, cómo se explica que los ratings han empeorado en los estados azules más que en los rojos.

La prensa

(Photo by Spencer Platt/Getty Images)

No hay enemigo más perverso, peligroso y ruin para la administración Trump que los grandes medios de comunicación, con honrosas excepciones (Fox News). Desde el lanzamiento de su candidatura hace más de dos años, el presidente mantiene una guerra encarnizada con lo que tilda de ‘fake media’ que supera en virulencia a cualquier desencuentro con los demócratas.

Sus blancos preferidos son la cadena CNN y los diarios The New York Times y The Washington Post, a los que ha llegado a declarar “enemigos del pueblo”.

Desde un punto de vista político, no es nada rara esa tensión. Como señalaba un columnista del New York Post, la animadversión hacia “la prensa liberal” es una causa que une a los conservadores como en su tiempo lo hizo la oposición al enemigo soviético. Nada hace más felices a los seguidores más fieles del presidente que sus denuncias contra la prensa, a los que no solo acusa de mentir, sino de estar en la ruina porque ya nadie los ve o los lee. Raro es el tuit en que no agregue el epíteto de fallido (failing) cuando habla del Times.

La realidad es que la aparición de una figura permanentemente rodeada de polémica como el presidente ha supuesto una inyección de proteínas para los medios. En general han visto como sus audiencias, particularmente las digitales, se dispararon tras el triunfo electoral de Trump en noviembre del año pasado. Ahí van varios datos: el Times anunció el 8 de diciembre que llega a 130 millones de lectores y cuenta con 3.5 millones de suscriptores, el doble de los que tenía hace dos años. Por su parte, el Post informó el pasado septiembre el millón de suscriptores digitales.