Enganchados al WhatsApp y a los «mapas de reconquista»: qué sienten los ucranianos en España siete meses después

Ucranianos se manifiestan en Madrid contra la guerra (Photo: SOPA Images via Getty Images)

Ucranianos se manifiestan en Madrid contra la guerra (Photo: SOPA Images via Getty Images)

Ucranianos se manifiestan en Madrid contra la guerra (Photo: SOPA Images via Getty Images)

“Es una mezcla de emociones: alegría, dolor, rabia, miedo, ¿sabes?”. El testimonio de Olesya, la directora de la ONG ‘Dos Tierras, Dos Soles’, es el resumen perfecto del sentir de una comunidad extensa, la de los ucranianos en España. Pese a los 3.000 kilómetros que les separan de sus fronteras más occidentales, sienten y padecen la guerra. Evitan las bombas, pero no el dolor, al que se suma la impotencia de vivir en otra tierra donde desde hace años, décadas en algún caso, tienen su vida formada.

Como ella, Irena, Svitlana, Jorge o Andrés. Se superponen nombres ucranianos y españolizados, reflejos de la amalgama de culturas en una generación, suya o de sus antecesores, que llegó a España hace tiempo y ya ha echado raíces aquí, pero no puede olvidar su tierra de origen. Ya no les es posible regresar, no viven la guerra en primer plano, pero sí a golpe de WhatsApp, de Telegram, de lo que sea. La ansiedad de depender de un mensaje. Los cinco han contado a El HuffPost cómo viven el día a día de la invasión.

“Estamos enganchados al mapa de la reconquista, cada día lo comentamos con la familia con un ‘mira, hemos recuperado este pueblo’”, comenta otra de las miles de voces que encontraron en España su casa tras un largo viaje desde el oeste de Ucrania. Pero la sonrisa de Irena, que se evidencia incluso a través del teléfono, se deshace de golpe. Esta colaboradora de la asociación Oberig en Cantabria asume que con la ‘reconquista’ va aparejada otra realidad: la de las fosas comunes, como la recientemente descubierta en Izium o las más antiguas en Bucha, Mariúpol o Borodyanka. “Y eso es muy duro”, lamenta.

No hay mucho más hueco para el lamento. Les puede el optimismo porque, como resume Svitlana, directora de la escuela ucraniana MRIYA en Barcelona, “el bueno siempre gana al malo”. Un optimismo que parecía lanzado por el éxito de la contraofensiva nacional y que ahora se enfrenta a otro escenario. El anuncio de movilización de otros 300.000 rusos para la guerra abre una nueva brecha en la resistencia ucraniana. Una más.

Ante la desesperación, hay quienes han optado por hacerse rusos o irse directamente a Rusia, porque les dan ayudas económicasOlesya, la directora de la ONG ‘Dos Tierras, Dos Soles’

¿Qué cambia con el anuncio de Putin?

“Claro que asustan esos potenciales 300.000 soldados, pero pensándolo bien, será un ejército sin motivación ni equipamiento ni preparación; carne de cañón y eso si pueden reclutar a tantos. Solo hay que ver las huidas masivas del país, los sobornos para emitir certificados médicos falsos, las consultas de cómo autolesionarse…”, prosigue Irena.

Ella y todos sus compatriotas asumen que el conflicto va para largo. “Ni siquiera acabará con la expulsión del último ruso de nuestro territorio, porque seguirán los ataques con misiles de largo alcance”, matiza Jorge, responsable de la entidad U-Armonía en Valencia. “La guerra va a ir a más después del anuncio de Putin. Y ahora ya nadie puede asegurar que en dos semanas o dos meses no dé otro paso y anuncie formalmente una guerra. Ha quedado claro que no va a aceptar la derrota porque para él y para su Rusia es una afrenta como país”, prosigue Andrés, responsable de otra entidad de ayuda en Alcalá de Henares (Madrid).

Ninguno se refugia en ilusiones vanas: saben “que aún queda” y que la ayuda de Occidente en esta nueva fase va a ser, si cabe, más relevante. “Asumamos que Putin no se va a rendir ni va a renunciar, es un cobarde que se agarra a lo que sea para seguir atacándonos, aunque se vea solo”, expresa Svitlana.

De nuevo Irena, en un perfecto castellano, reconoce que nadie puede fiarse ya de “un loco” como Putin, tampoco en la amenaza nuclear. “A estas alturas ya parece que todo da igual y él no solo se enfrenta a la presión de los que no quieren guerra, sino a un sector en su país que le acusa de flojo… Un perro herido es muy peligroso y ya no quedan vías diplomáticas para reducirlo”, prosigue.

Con todo, tira de mordacidad para plantear sus dudas sobre el verdadero potencial nuclear de Moscú. “Tal vez tengamos suerte y la supuesta arma nuclear está desmontada y vendida en el mercado negro ya hace años para invertir el dinero en los casoplones y castillos horteras por todo el mundo”, responde.

A lo mejor tienes cinco minutos de margen entre el aviso y la explosión, o menos; en Járkov igual tienes 30 segundos para ponerte a refugioAndrés, responsable de la asociación de ucranianos en Alcalá de Henares

El otro miedo que alimenta Rusia

El ‘General Invierno’, la cara más cruel de una contienda que el Kremlin ideó como ‘relámpago’ y que se está cronificando. Se cumplen siete meses y va para largo. Sobre la estepa ucraniana, el conflicto se recrudecerá a ojos de todos los expertos.

También de los ciudadanos que miran con dolor a su tierra a miles de kilómetros. Andrés confiesa que la estrategia de Rusia hoy pasa por el medio plazo; por ello “ahora están destrozándonos instalaciones de luz, de gas y demás para reventarnos en invierno”. La crisis energética que sienten Europa y medio mundo, llevada al extremo a golpe de bomba.

Irena asume que la guerra seguirá y será especialmente dolorosa en un invierno que se avecina “duro”, mismo adjetivo que utiliza su paisana Olesya. Tanto lo prevé que confirma que “ya hay ucranianos que volvieron del extranjero mirando opciones para salir de nuevo, porque aquí no hay recursos suficientes”.

Lo que llega a los dos lados de Ucrania

Desde España, las voces consultadas hablan de dos realidades. La que se vive al oeste, Leópolis (Lviv), Ivano-Frankivsk… y la que se soporta en el este, Járkov, Donetsk, Lugansk… “Solo hay una cosa que no cambia, el miedo de qué pasará cuando suena una alarma antiaérea”, resume Jorge.

Desde cerca de la frontera oeste, con Polonia y Rumanía, la familia de Andrés escucha “tres o cuatro alertas diarias”, pero la vida ha obligado a acostumbrarse. “A veces la gente ni se esconde porque ya están cansados; mi madre me dice que si suena a las 6 de la madrugada no se van a levantar”. En estos puntos, prosigue este responsable humanitario, son avisos lejanos, “otra cosa es en la zona ocupada”. “Allí sí que hay que esconderse. A lo mejor tienes cinco minutos de margen entre el aviso y la explosión, o menos; en Járkov igual tienes 30 segundos para ponerte a refugio”. Pero, incluso así, “tienes que aprender a vivir”, remata.

Muchos, por desgracia, ya no tienen cómo esconderse, ni donde. La destrucción masiva de viviendas, refugios y otras infraestructuras básicas en la extensa región del Donbás ha llevado a que se multipliquen los sin techo. Olesya da detalles de la situación límite que se vive en la zona. “Ante la desesperación, hay quienes han optado por hacerse rusos o irse directamente a Rusia, porque les dan ayudas económicas”. “Para los que resisten, pero sin casas, el Gobierno está estudiando cómo reubicarles en asentamientos en la zona oeste”. Habla de miles de personas de Járkov, Mikolaiv… Los nombres de la tragedia que llevan meses copando titulares.

Al otro lado, el oeste corre el riesgo de colapsar como pasó en las primeras semanas, ante el flujo irrefrenable de refugiados y desplazados internos, en busca de un destino seguro pasada la frontera o sobre ella. La estabilización del conflicto durante semanas y hasta meses, coincidiendo con el verano, reabrió la puerta a muchos de los nacionales que tuvieron que huir.

“Vivir fuera es muy duro. No tienes un destino fijo, el  idioma, las pocas opciones laborales, la masificación. Algunos, los más intrépidos, han podido hacer vida fuera; la mayoría no”, añade Irena. Y de estos, la gran parte busca nueva vida ahora en regiones como Ivano-Frankivsk.

Tal vez tengamos suerte y la supuesta arma nuclear está desmontada y vendida en el mercado negro ya hace años para invertir el dinero en los casoplones y castillos horteras por todo el mundo”Irena, trabajadora humanitaria en la asociación Oberig de Cantabria

La vida que se permite entre alerta y alerta marca algunos de los síntomas que siente el resto del mundo. La burbuja, el encarecimiento de la vivienda, la inflación salvaje. “Hay cierta reactivación de la economía, sectores como el textil o la agricultura se abren camino, pese a todo”, pero esos recursos no les llegan a todos, matiza la propia colaboradora de la asociación Olerig.

Un contraste en una región hiperpoblada, por toda la migración interior al oeste, que se enfrenta al paro imperante, con “solo un 40% de tasa de empleo en todo el país”, apunta Andrés.

Después de siete meses, qué queda

Pocas casas, pero mucho optimismo, confiesan las voces consultadas por ElHuffPost con una crudeza tan asombrosa como explicativa. Svitlana habla de la experiencia de su colegio. A él acuden decenas de padres y niños ucranianos, muchos de ellos víctimas de la guerra.

“Todos están esperando para volver a sus casas, porque hay quienes llevan los siete meses aquí. El problema es que aquellos procedentes de Járkov, Jersón, tienen toda la esperanza, pero ya no tienen nada en su tierra”, emite con una voz afectada.

“Mi gente me transmite un sentimiento de resistencia, de que estamos empezando a ganar, pero hay peligro de caer en la euforia y en la confianza, el enemigo es cruel”, sentencia Jorge.

“La esperanza, mantenemos la esperanza, ¡claro que la mantenemos! Si la perdemos desaparecemos como país”, remata Andrés. Su ánimo no quiebra siete meses después de una guerra en la que Putin se lanza a la desesperada para intentar evitar la derrota final.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR