Lo único más desconcertante que la rebelión de 25.000 mercenarios del grupo militar privado Wagner –por muchos años gran aliado del presidente ruso Vladimir Putin–, y que los llevó a amenazar Moscú a menos de 200 kilómetros de distancia, fue que dieran media vuelta y que su jefe, el otrora vendedor de perros calientes Yevgueni Prigozhin, aceptara refugiarse en Bielorrusia.
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Todo ocurrió en menos de 24 horas el fin de semana. Con la ayuda de analistas internacionales, de información recogida en Rusia, Europa y Estados Unidos, y de documentos de inteligencia occidentales, EL TIEMPO responde las preguntas que deja esta crisis que, a pesar de las apariencias de calma, aún no termina.
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¿Por qué se rebeló Prigozhin?
En los años recientes, Wagner se convirtió en una de las herramientas más poderosas del Kremlin. Con más de 5.000 mercenarios en una docena de países africanos, Wagner ha actuado como contratista de sus gobiernos que, por esa relación, se transformaron en aliados de Putin.
El grupo debe su nombre al compositor alemán Richard Wagner, el favorito de Hitler, ya que en el grupo hay muchos nazis. Sus primeras actuaciones en Ucrania ocurrieron cuando el Kremlin anexionó la península de Crimea. Allí, los mercenarios agitaron un supuesto alzamiento independentista contra Kiev, que justificó la intervención rusa.
Reaparecieron como tropas de vanguardia y asalto, tras la invasión rusa iniciada hace 16 meses. Cometieron masacres, violaciones y asesinato de ancianos y niños como estrategia de terror contra la población civil, por lo cual la justicia internacional tiene en la mira a Prigozhin, antiguo cocinero de Putin y transmutado en jefe de Wagner desde mediados de la década pasada.
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Wagner y su jefe se volvieron incómodos para el alto mando militar ruso debido a sus constantes críticas –en videos de redes sociales, muy populares entre los soldados del frente y en Rusia– al ministro de Defensa, Serguei Shoigú, y a los principales jefes del ejército a quienes acusó de incompetencia y corrupción y de negarle municiones al grupo.
La alta oficialidad había exigido el desmonte de Wagner, y Putin, que siempre había protegido a Prigozhin, terminó por ceder. “Es evidente –se lee en un documento de la inteligencia occidental que circuló hace días en Europa– que, en esta nueva fase de la guerra, el Kremlin está dispuesto a desmontar a Wagner, sacar a su líder del juego e incorporar a sus soldados al ejército regular”.
Prigozhin lo supo y por esto activó la rebelión del fin de semana.
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Moscú prepara la transferencia de las armas «pesadas» de Wagner al ejército regular.
¿Por qué finalmente detuvo su avance?
Prigozhin se había vuelto muy popular entre las tropas del ejército regular e incluso entre muchos mandos medios. En buena medida, por eso, casi no encontró resistencia el sábado, cuando se rebeló. Tomó Rostov del Don –sede del comando militar ruso de la guerra– y avanzó sin obstáculos hasta 200 kilómetros al suroeste de Moscú.
Pero el Kremlin logró concentrar un poderoso contingente para defender la capital y eso asustó a Prigozhin, que, gracias a una mediación del dictador de Bielorrusia, Alexsandr Lukashenko, amigo de Putin, aceptó detenerse, devolver sus soldados a los cuarteles y volar él a Minsk, la capital bielorrusa, a cambio de no ser procesado y de que sus soldados no sean perseguidos y puedan incorporarse al ejército ruso.
En principio, el acuerdo incluía que Putin cambiase al mindefensa Shoigú, pero esa promesa no ha sido cumplida hasta el momento.
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Consecuencias en el frente
Para las tropas de Ucrania, los combatientes de Wagner no solo eran los mejor equipados sino los mejor entrenados. “Mientras miles de soldados rusos no saben por qué combaten, los mercenarios de Wagner lo hacen por un buen dinero”, explica un analista militar y diplomático europeo.
Pero mientras su papel había sido protagónico en Bajmut, ahora que Rusia libra una guerra defensiva, con sólidas líneas de trincheras, minas y parapetos para detener el avance ucraniano, Wagner dejó de ser igual de útil.
Si la rebelión de Prigozhin se hubiese prolongado, el Kremlin –que casi no tiene reservas, pues el grueso de sus fuerzas está en esas líneas de defensa al sur y al este de Ucrania– se habría visto obligado a traer tropas del frente, lo que habría debilitado sus posiciones.
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Pero eso no ocurrió. De ahí que casi todos los analistas occidentales coincidan en que la crisis de este fin de semana tendrá pocas consecuencias en el frente de guerra, salvo en un aspecto: la moral de las tropas y los mandos medios rusos. Que Prigozhin y sus 25.000 hombres se rebelasen y, al parecer, no vayan a ser castigados lesiona la noción de disciplina y obediencia.
Según el líder de Wagner, sus hombres habían recorrido 780 kilómetros encontrando muy poca resistencia.
Hay otro aspecto que puede perjudicar al ejército ruso. En muchas ocasiones, los hombres de Wagner eran los encargados de obligar –y en caso dado ajusticiar– a los soldados regulares que se negaban a combatir. Ya no están.
¿Acaso harán más falta ahora, cuando la disciplina se ha visto fracturada por la rebelión sin castigo?
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¿Ucrania ha sacado provecho de la situación?
El mando militar ucraniano, con ayuda de los asesores occidentales, había pausado la contraofensiva a inicios de la semana pasada debido a las grandes pérdidas en vidas y en equipo de los primeros 15 días de actividad y a pesar de la recuperación de poco más de un centenar de kilómetros cuadrados.
La partida de las tropas de Wagner –iniciada hace varios días– parece haber generado un debilitamiento parcial de las defensas rusas en algunos puntos del frente en el área de Bajmut, al este de la línea de defensa rusa y no lejos de Rostov del Don, donde comenzó el avance de Wagner hacia Moscú.
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Ucrania ganó más terreno en esa zona que en la franja central del frente, en la región de Zaporiyia, donde mejor han resistido las defensas rusas y donde las tropas de Wagner no habían jugado un papel importante.
Además, Ucrania parece haber aprovechado la confusión que generó el alzamiento de Wagner en el alto mando ruso para desarrollar operaciones de desembarco en la margen sureste del río Dniéper, al norte de la península de Crimea, en la zona más alejada del comando ruso de Rostov del Don.
Tras la voladura de la presa Kajovka, y las inundación de cientos de kilómetros cuadrados en el área suroeste de la línea del frente, el alto mando ruso asumió que esa zona estaría protegida de eventuales avances ucranianos.
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Ministro ruso de Defensa, Serguéi Shoigú.
Sin embargo, informes surgidos ayer muy temprano indican que lanchas rápidas ucranianas, protegidas con fuego de artillería, desembarcaron a decenas de unidades de las Fuerzas Especiales sobre la orilla sureste del Dniéper, desalojaron las defensas rusas y se hicieron fuertes en la localidad de Dachi, a escasos 60 kilómetros de la frontera con Crimea, territorio ruso desde 2014.
Aún no está claro si estos ataques buscan solo testear las defensas rusas o si son la avanzada de una invasión mayor.
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¿Qué tan debilitado queda Vladimir Putin?
“Pronto tendremos un nuevo presidente”, decía este fin de semana un mensaje al parecer procedente del grupo Wagner que la escritora estadounidense y experta en Rusia Anne Applebaum cita como indicio en una entrevista con El Mundo de Madrid. La ensayista agrega: “Algunas figuras en la cúpula de seguridad rusa habrían sembrado dudas sobre su lealtad a Putin”. Y concluye: “Rusia se está deslizando, lenta y borrosamente, hacia una guerra civil”.
Andras Toth-Czifra, del Foreign Policy Research Institute, con sede en Filadelfia, apunta en la misma dirección: “Es difícil imaginar un equilibrio estable” en Rusia después de lo ocurrido este fin de semana. Tras romperse la imagen de sólida unidad, “muchos tabús –dice– quedaron rotos”.
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Putin se parece a Nicolás II
(zar defenestrado
por la revolución en 1917), vive en una realidad imaginaria.
“Para Putin–explica el consultor experto en el Kremlin Serguei Markov– fue un fracaso que su operación especial (en Ucrania) se desmoronara, y fue un fracaso que Occidente se uniera firmemente en esta guerra, y ahora es un fracaso que la sección de sus tropas mejor preparada para el combate se haya vuelto en su contra…”.
Casi no hay analista occidental que piense que en Moscú todo sigue igual después de los sucesos del fin de semana. Lo cierto es que, por primera vez, Putin y su entorno lucieron dubitativos y dieron bandazos.
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En su primera alocución tras el levantamiento de Wagner, Putin sostuvo que era un acto de traición, “una puñalada por la espalda por ambición personal”, antes de amenazar con que “nuestras acciones para defender a la patria serán brutales”.
Horas más tarde, y tras la intervención del presidente bielorruso, Lukashenko, tendió la mano a quienes tan agresivamente había amenazado, y acordó permitir la salida del “traidor” Prigozhin hacia Minsk, y suspender cualquier sanción contra los soldados de Wagner. No es el Putin de antes.
Los mandos militares y la FSB (antigua KGB) insistieron hasta el lunes en que Prigozhin y sus hombres sí serían procesados, en clara contradicción a lo dicho por el vocero de Putin. Algo nunca visto.
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Y el mindefensa Shoigú, a quien se suponía que Putin iba a remover como parte de la mediación lograda por Lukashenko, parece firme en su cargo. De nuevo, algo nunca visto en el hasta ahora autocrático y vertical régimen de Putin.
El Kremlin niega todo eso. “Nosotros no estamos de acuerdo” con esos análisis, dijo su vocero, Dimitri Peskov. “Se trata de discusiones sin sentido que nada tienen que ver con la realidad”, agregó.
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“Estos acontecimientos demuestran hasta qué punto la sociedad se consolida en torno al presidente”, sostuvo Peskov. Una prueba quizás del acierto de la escritora Applebaum cuando sostiene que “Putin se parece a Nicolás II (el zar defenestrado por la revolución en 1917), vive en una realidad imaginaria”.
Los meses venideros dirán si la razón la tiene el vocero del Kremlin o los historiadores y analistas que ven a Putin frágil y debilitado.
MAURICIO VARGAS LINARES
PARA EL TIEMPOMVARGASLINA@HOTMAIL.COM


