En uno de sus primeros tours oficiales por el nuevo Sydney Modern, tras más o menos una década de desarrollar el proyecto como director de la Galería de Arte de Nueva Gales del Sur, Michael Brand destacó algunas piezas distintivas: una nueva obra de encargo por un artista aborigen usando metal de desecho; una escultura inmersiva, expuesta originalmente en Seúl, que los visitantes crean al formar bolas de barro; y un video gigante de un neozelandés, imaginando a Oceanía sin personas de ascendencia europea.

No obstante, en cada parada, los entornos naturales de Sydney se robaban la atención.

Los funcionarios estatales que seguían a Brand —tras pagar la mayor parte del costo de construcción de 230 millones de dólares del museo— elogiaron las vistas más que las obras de arte.

El nuevo edificio, diseñado por Sanaa, los arquitectos japoneses ganadores del Premio Pritzker, también parecía estar inseguro de qué presumir, con paredes de cristal que se abrían al gran cielo azul y el puerto resplandeciente de Sydney.

Docenas de ciudades han tratado de crear sus propias uniones de arte, arquitectura y paisajes como parte de un auge global de construcción de museos que inició en los 90 con el Guggenheim de Frank Gehry en Bilbao, España.

El nuevo Whitney en Nueva York, con sus amplias vistas al High Line y el Río Hudson, y el nuevo puesto de avanzada árabe-galáctico del Louvre en Abu Dhabi, a las orillas del Golfo Pérsico, figuran entre las más recientes adiciones prominentes.

Sin embargo, el Sydney Modern, que duplica el espacio de exhibición de la Galería de Arte de Nueva Gales del Sur, una de las instituciones artísticas más importantes de Australia, enfrenta un reto cultural especialmente crucial.

La construcción de museos en una ciudad obsesionada con los bienes raíces —en el corazón soleado de una orgullosa “nación deportiva”— a menudo requiere superar una barrera de negatividad.

La Ópera de Sydney fue odiada antes de ser amada, y el Modern ya ha recorrido un camino difícil.

Algunos críticos, entre ellos un ex Primer Ministro, han condenado el proyecto desde el principio, en gran medida por arrebatar áreas verdes valiosas. A otros les ha dado por llamar al edificio concluido, inaugurado en diciembre, un conjunto feo y caro de cajas apiladas sobre una ladera imponente. El precio del proyecto dista mucho de ser exorbitante —está en línea con el costo promedio por metro cuadrado de la infraestructura cultural en la región, indicó AEA Consulting.

Sin embargo, las élites de Sydney tienen un largo historial de invertir poco en ambiciones culturales, mientras que exigen rendimientos cuantificables, dijo Ross Gibson, profesor de investigación creativa y cultural en la Universidad de Canberra.

“La mayoría de los gobernantes y comentaristas realmente cree que la ‘cultura’ es un aditivo no esencial y lujoso”, apuntó.

En la práctica, Brand y su equipo dicen que quieren balancear un respeto por el Sydney tradicional con un toque de provocación.

Saben que su flamante museo debe satisfacer primero a los funcionarios inflexibles: la admisión es gratis; el Estado de Nueva Gales del Sur cubre el presupuesto de operación de la galería.

Sin embargo, la expansión, junto con reorganizaciones curatoriales en el viejo edificio, también busca lograr que la gente vea a la ciudad más grande de Australia con nuevos ojos —como un centro cultural con profundas raíces indígenas y lazos estrechos con sus vecinos asiáticos, volteando menos a Estados Unidos o Europa en busca de validación.

Brand, un historiador de arte australiano, llama al complejo, con su nuevo edificio, “una continuación de Sydney”.

La nueva adición definitivamente es distinta al edificio neoclásico original del museo, concluido en 1909, que se sitúa al lado.

De menor altura y sin una fachada espectacular, la primera impresión del Modern es casi como un tipo de aeropuerto —un cuadro de cristal con un techo metálico.

Al interior, hay mayor calidez y fluidez. El diseño de la entrada apunta a la Galería Yiribana de arte aborigen, que ha sido elevada de un piso inferior del edificio original y ofrece una amplia vista a terrazas con jardines y senderos inclinados.

En dos mañanas recientes, visitantes elogiaron las experiencias en interiores y exteriores, donde las esculturas ofrecían un lugar para sentarse o estar bajo la sombra y un café ofrecía croissants y un espresso perfecto.

“Es tan abierto y acogedor, se siente como un patio de juegos”, señaló David Galafassi, un médico y músico, de 44 años.

Por: DAMIEN CAVE
The New York Times

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