La pobreza de Filipinas se remonta a políticas coloniales: esta es la situación

MINDANAO, Filipinas — Rodino Sawan se colocó el arnés de cables y hundió los dedos de los pies en el camino lodoso que atraviesa la bochornosa plantación. Impulsó el cuerpo hacia adelante, batallando con la carga que venía detrás: 25 racimos de plátanos colgados de ganchos sujetos a una línea de montaje.

Seis días a la semana, Sawan, de 55 años y padre de cinco hijos, remolca lotes de fruta que pesan alrededor de 700 kilos hasta una planta procesadora, a menudo mientras aviones sobrevuelan, rociando pesticidas. Su salario diario es de 380 pesos filipinos, o alrededor de 6.80 dólares.

Un día del 2022, la plantación lo despidió. Al día siguiente, lo volvió a contratar como contratista, recortando su salario en un 25 por ciento.

“Ahora apenas podemos comprar arroz”, dijo Sawan, resignado a la realidad de que en gran parte de las zonas rurales de Filipinas, el trabajo en las plantaciones es a menudo el único trabajo. La desesperación que enfrentan decenas de millones de filipinos sin propiedad se debe en parte a las políticas impuestas por las potencias que controlaron el archipiélago durante siglos —primero España y luego Estados Unidos.

En una región definida por la movilidad ascendente a través de la manufactura, Filipinas destaca por seguir dependiendo de la agricultura. Las familias que colaboraron con las autoridades coloniales conservan el control sobre el suelo y dominan la política. Las políticas diseñadas para hacer que el País dependa de los productos fabriles estadounidenses han dejado a Filipinas con una base industrial mucho más pequeña que muchas economías de Asia.

“Estados Unidos impuso una reforma agraria en muchos países diferentes de la región, incluyendo Japón, debido a la Segunda Guerra Mundial”, dijo Cesi Cruz, politóloga en la Universidad de California, en Los Ángeles. “En Filipinas, como estaban luchando del mismo lado, no querían castigar económicamente a su aliado imponiéndole todas estas restricciones”.

Durante el último medio siglo, los líderes nacionales en gran parte de Asia han seguido una estrategia de desarrollo que ha rescatado a cientos de millones de personas de la pobreza, cortejando la inversión extranjera para construir industrias orientadas a la exportación. Sin embargo, en Filipinas, los empleos en fábricas son pocos. La manufactura representa sólo el 17 por ciento de la economía, en comparación con el 26 por ciento en Corea del Sur, el 27 por ciento en Tailandia y el 28 por ciento en China, revelan datos del Banco Mundial.

La escasez de manufactura y la distribución desigual de la tierra son parte de por qué aproximadamente una quinta parte de esta nación de 117 millones de habitantes es oficialmente pobre y por qué casi 2 millones de filipinos trabajan en el extranjero.

Quienes permanecen en las zonas rurales suelen cosechar piñas, cocos y plátanos para beneficio de las familias adineradas que presiden sobre la tierra.

Los estadounidenses no crearon la desigualdad que define la economía filipina. Las autoridades españolas permitieron a los misioneros cristianos apoderarse de tierras mientras obligaban a los nativos a hacer onerosos pagos de renta.

Pero después de que Estados Unidos capturó el archipiélago tras una guerra con España en 1898, la administración colonial reforzó el control desigual del suelo a través de la política comercial. Las empresas de agronegocios en Filipinas obtuvieron acceso al mercado estadounidense, libre de aranceles. A cambio, la industria estadounidense se aseguró el derecho a exportar productos manufacturados a Filipinas libre de impuestos. Los aranceles a otros países mantuvieron alejados a los productos del resto del mundo.

Estados Unidos utilizó a Filipinas como laboratorio para políticas polémicas, entre ellas vincular el valor de la moneda nacional al oro, dijo Lisandro Claudio, historiador en la Universidad de California, en Berkeley. Eso mantuvo fuerte al peso filipino frente al dólar, bajando el precio de los productos estadounidenses y desalentando la creación de industria nacional. Incluso después de que Filipinas consiguió su independencia en 1946, ese acuerdo se mantuvo.

Mientras tanto, las familias poderosas que controlan las empresas han carecido de incentivos para innovar, a diferencia de las economías circundantes donde la redistribución de la tierra ha generado presiones para la experimentación.

“Entonces se obliga a la siguiente generación a pensar, ‘¿Qué podemos hacer para competir?’”, dijo Norman G. Owen, historiador económico afiliado a la Universidad de Hong Kong. “Pero EU no hizo eso en Filipinas, y los filipinos no se hicieron eso a sí mismos, y aquí estamos”.

Por: PETER S. GOODMAN

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