El régimen en F.P.C. Bryan, una prisión de mediana seguridad para mujeres en Texas, es estricto. Sus 655 internas están obligadas a trabajar 8 horas al día en la cafetería o haciendo manufacturas, por lo que se les paga 4.000 pesos la hora (una décima parte del salario mínimo en EE. UU).

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Todas visten un overol color café, no tienen acceso a internet y las llamadas telefónicas están limitadas a 15 minutos, sin exceder un máximo de 300 al mes.

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Esta cárcel es ahora el hogar de Elizabeth Holmes, una empresaria que hasta hace poco se le comparaba con Steve Jobs, el fundador de Apple, y había sido catalogada por la Revista Forbes en el 2015 como la multimillonaria más joven y hecha a pulso, de todo el país.

El año pasado Holmes fue hallada culpable de defraudar a numerosos inversionistas que a lo largo de una década pusieron casi mil millones de dólares en Theranos, una start up creada por Holmes en el 2003 que prometía revolucionar el mundo de los diagnósticos en la medicina.

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El jurado, de manera unánime, la sentenció a más de 11 años de prisión y el pagó de 500 millones de dólares en restituciones. Ramesh Balwani, su socio en la empresa, fue también condenado a 12 años de cárcel y compartirá la obligación financiera que se le impuso a Holmes.

Aunque la historia de EE. UU. está llena de este tipo de embaucadores, el meteórico ascenso y colapso de Theranos -y de Holmes como rostro de la compañía- son el epítome de una cultura que ha caracterizado esta nueva era del llamado Silicon Valley y las promesas del dinero fácil.

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Una riqueza derrochada, los orígenes de Holmes

Holmes, hoy de 39 años, nació en Washington D.C. en el seno de una familia de clase media alta pero que una generación atrás había sido de las más adineradas del país por su negocio en la producción de levadura.

Joseph Fusicz, cercano a los Holmes en la capital estadounidense, recuerda cómo los padres de Elizabeth se vanagloriaban de su pasado entre la élite pese a que ya no pertenecían a ella pues el negocio colapsó a mediados del siglo pasado. «Creo que los padres añoraban mucho esos días de antaño cuando la familia era una de las más ricas de Estados Unidos. Y creo que Elizabeth canalizó eso, y a una edad muy temprana», decía Fusicz en una entrevista reciente al tratar de explicar la desbordada ambición que motivó el comportamiento de la joven en su vida profesional.

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Elizabeth Holmes.

Foto:

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Inspirada en Steve Jobs, dejó la universidad para emprender

Tras graduarse del St. Johns School en Houston, a donde la familia se había reubicado, Holmes ingresó a la prestigiosa Universidad de Stanford para estudiar ingeniería química. Pero un año después, y quizá emulando la historia del propio Jobs, se retiró de la universidad para iniciar su propio emprendimiento.

Sobre el papel, la idea era revolucionaria y prometedora. Durante sus meses en Stanford y luego en prácticas en el Instituto para el Genoma de Singapur, Holmes comenzó a notar que los laboratorios para el procesamiento de exámenes de sangre, que por lo general piden los doctores para evaluar la salud de sus pacientes, no eran más que intermediarios que se quedaban con una tajada enorme en los sistemas de salud.

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Además, dijo alguna vez en una entrevista, que ella al igual que miles de pacientes le tenían pavor a la extracción de sangre a través de una jeringa. Su solución era mágica: crear un dispositivo casero que al pinchar y extraer un par de gotas de sangre le brindaría al paciente toda la información necesaria sobre su estado de salud, al igual que un diagnóstico inmediato y en minutos, a través de un software.

Algunos de sus profesores, a quienes les presentó la idea, le dijeron que era tecnológicamente un imposible. Pero Holmes, de carácter persistente, eventualmente convenció a Channing Roberts, decano en Stanford y su asesor universitario.

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Con los fondos que le quedaban para el resto de su carrera universitaria, y el aporte de algunos inversionistas que le presentó Roberts, la joven, con apenas 20 años, fundó Theranos en el 2004 con un capital de 6 millones de dólares.

Lo que siguió fue toda una clase maestra de mercadeo y venta de ilusiones. Holmes, de hecho, comenzó a vestirse con un cuello de tortuga negro al estilo de Jobs, y hasta cambió el timbre de su voz por uno más profundo para dar seriedad a su apariencia.

Gracias a las conexiones de su familia fue convenciendo a pesos pesados de la política estadounidense para que se sumaran a su proyecto.

La lluvia de magnates y políticos que Holmes convenció

En el 2011, y ya con un capital de 100 millones de dólares, le presentaron al exsecretario de Estado George Shultz. Tras una charla que no duró más de dos horas, Shultz aceptó hacer parte de la junta directiva de la empresa. Y tras él cayeron muchos más: él también exsecretario de Estado Henry Kissinger, el CEO de Fox Rupert Murdoch y el exsecretario de Defensa William Perry.

Nadie sabía exactamente qué hacían en Theranos o el avance de los experimentos. Pero todo el mundo confiaba en que si alguien como Shultz, pues debía ser buen negocio

Perry, de hecho, la describió en su momento como una “visionaria” superior a Steve Jobs pues, a diferencia del dueño de Apple, Holmes tenía “corazón y propósito social”.

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“Nadie sabía exactamente qué hacían en Theranos o el avance de los experimentos. Pero todo el mundo confiaba en que si alguien como Shultz, o Kissinger la estaban respaldado pues debía ser un buen negocio. Ese fue el secreto de su éxito”, opina Eric Topol, en esa época editor en jefe de la revista de ciencia Medscape y que también cayó en la trampa al describir su invento en un artículo como el futuro de la medicina de laboratorio.

Pero no fue el único.

Fortune, Forbes y hasta el New York Times le dieron portada a una historia que parecía inspiradora: Holmes, en menos de 5 años, se había convertido en una multimillonaria y era ejemplo para futuras generaciones.

En su momento más alto Theranos alcanzó a tener más de 400 empleados, 950 millones de dólares en inversiones de capital y estuvo avaluada en 9 mil millones en el mercado de acciones.

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Theranos y la ilusión de lograr exámenes de sangre

El problema es que desde el comienzo fue una cáscara vacía. Aunque la máquina portátil para realizar exámenes de sangre caseros sí fue patentada y producida, esta nunca funcionó. Theranos, de hecho, comercializó varios dispositivos adicionales que prometían hacer lo mismo y hasta entró en un acuerdo con la farmacia Wallgreens para colocarlos en sus tiendas. Bajo la misma promesa: un leve pinchazo y los resultados en minutos.

El castillo de naipes comenzó a derrumbarse a finales del 2015 cuando el Wall Street Journal publicó un reportaje exponiendo los problemas al interior Theranos gracias a los documentos que les aportó un exempleado de la empresa.

En ellos aparecían alteraciones en los resultados de sangre que realizaban las máquinas y otras imprecisiones. Peor aún, evidencia de que la empresa estaba utilizando otras máquinas disponibles comercialmente y fabricadas por otros para procesar los exámenes de sangre y luego presentando los resultados como suyos.

Holmes, por supuesto, negó las acusaciones, demandó al Journal y prometió presentar pruebas de que su tecnología sí estaba funcionando.

Pero los inversionistas, ya nerviosos por la ausencia de resultados tras casi una década, comenzaron a exigir respuestas mientras las “vacas sagradas” que habían respaldado la iniciativa, lentamente, comenzaron a alejarse.

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El derrumbe del castillo de naipes de Holmes

La investigación del Journal, en todo caso, provocó acciones legales contra Theranos en varios frentes. Primero, el Centro para los Servicios de Medicaid y Medicare (CMS) le canceló la licencia para operar como un laboratorio tras detectar una serie de irregularidades en sus centros de operación. Luego, fue demandada por el estado de Arizona por vender pruebas falsas a más de 1.5 millones de sus residentes.

En el 2018, el US Security and Exchange Commission (SEC), acusó Holmes y Balwani, de cometer fraude al apropiarse de más de 700 millones de dólares de inversores para un producto que era falso y por mentir sobre los rendimientos de la empresa. Como sanción ambos aceptaron entregar el control de voto de Theranos, la devolución de 18.9 millones de acciones a la empresa, la prohibición de ocupar un puesto de funcionario o director en una empresa pública durante 10 años y una multa de 500.000 dólares.

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La idea es y sigue siendo fascinante. Pero siempre existió una brecha enorme entre lo que ofrecían y lo que era posible.

Pocos meses después, la Oficina del Fiscal Federal para el Distrito Norte de California en San Francisco presentó cargos formales que concluyeron en la sentencia de 11 años para Holmes y 12 para Balwani que acaban de comenzar a purgar.

“La idea es y sigue siendo fascinante. Pero siempre existió una brecha enorme entre lo que ofrecían y lo que era posible. Esta es la clásica historia de fake it until you make it (finge hasta que lo logres) que tanto ha caracterizado el emprendimiento en este país y que por supuesto ya sabemos en que concluyó”, opina Topol.

Eso sí, ha servido como un campanazo de alerta para todo el sector. Desde que salió a la luz el caso de Theranos se han presentado decenas de demandas contra este tipo de star ups que prometen cosas que no pueden cumplir y se ha agotado el financiamiento para empresas emergentes por el temor de los inversionistas a que sea otro fraude.

En cierto sentido, Elizabeth Holmes es solo el rostro moderno de una cultura que siempre ha existido: el de magos, pitonisas y vendedores de ilusiones.

SERGIO GÓMEZ MASERI
Corresponsal de EL TIEMPO
Washington

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