En Sudáfrica, Nelson Mandela está en todas partes. La moneda porta su rostro, al menos 32 calles llevan su nombre y casi dos docenas de estatuas velan por un país en fluctuación.

Todos los años el 18 de julio, el día de su cumpleaños, los sudafricanos celebran el Día de Mandela al trabajar como voluntarios durante 67 minutos, en honor a los 67 años que pasó desempeñándose como líder anti apartheid, gran parte de ellos en prisión.

Sin embargo, 10 años después de su muerte, las actitudes han cambiado. El partido que Mandela lideró después de salir en libertad, el Congreso Nacional Africano, o CNA, está en peligro de perder su mayoría absoluta por primera vez desde que Mandela se convirtió en Presidente en 1994 en las primeras elecciones libres tras la caída del apartheid. Corrupción, ineptitud y elitismo han empañado al CNA.

La imagen de Mandela —que el CNA ha colocado por todo el País— para algunos ha pasado de héroe a chivo expiatorio. Aunque aún es idolatrado en el resto del mundo, muchos sudafricanos, sobre todo los jóvenes, creen que no hizo lo suficiente para crear cambios estructurales que elevarían la suerte de la mayoría de raza negra del País. Los sudafricanos blancos todavía son dueños de una parte desproporcionada de las tierras de la nación, y ganan tres y media veces más de lo que gana la población negra.

Para entrar al tribunal donde trabaja en Johannesburgo, Ofentse Thebe pasa delante de una escultura de 6 metros de un Mandela joven como boxeador. Dijo que evita mirarla, por temor a convertirse en un “manojo de ira ambulante”.

“No soy el mayor fan de Mandela”, declaró Thebe, de 22 años. “Hay muchas cosas que podrían haber sido negociadas para mayor beneficio en cuanto a proporcionar libertad a todos los sudafricanos en 1994”.

Una de sus quejas principales es la falta de empleos. La tasa de desempleo es del 46 por ciento entre sudafricanos de entre 15 y 34 años. Millones más son personas subempleadas, como Thebe. Estudió ciencias computacionales a nivel universitario, sin recibir nunca un título. El mejor empleo que dijo que pudo encontrar fue vendiendo pólizas funerarias al personal del tribunal.

El tribunal estaba cerrado un día reciente debido a un corte de agua en toda la Ciudad. Días antes, estuvo cerrado porque se fue la luz. Los apagones por todo el País son algo rutinario.

El 70 por ciento de los sudafricanos dijo en el 2021 que el País va por mal camino, en comparación con el 49 por ciento en el 2010, de acuerdo con el sondeo más reciente de Consejo de Investigación en Ciencias Humanas de Sudáfrica. Sólo el 26 por ciento dijo confiar en el Gobierno, en comparación con el 64 por ciento en el 2005.

En la mayoría de los lugares del mundo, Mandela no es asociado con estos fracasos, sino con el triunfo sobre la injusticia.

Hace poco, el Gobierno sudafricano develó otro monumento, en el hogar ancestral de Mandela, Qunu. Pero Onesimo Cengimbo, una investigadora de 22 años, hizo un gesto de exasperación ante la noticia del nuevo monumento.

“Tal vez la gente mayor todavía se lo cree, pero nosotros no”, afirmó. “De hecho se está volviendo un poco molesto que cuando se trata de elecciones, en realidad no hacen nada diferente, simplemente vuelven a mostrar el rostro de Mandela”.

En el 2004, Selinah Papo estuvo entre un grupo de amas de llaves en el Sheraton Pretoria Hotel que dieron la bienvenida a Mandela con un canto de alabanza en el vestíbulo. El recuerdo era aún tan vívido que irrumpió en canto e hizo un pequeño baile de dos pasos.

Papo, de 45 años, experimentó el apogeo de Mandela. Se abrió paso en la industria hotelera, mantuvo a sus hermanos mientras estaban en la escuela y compró una casa en lo que alguna vez fue un suburbio sólo para gente blanca.

Hoy, el asfixiante costo de la vida y los apagones programados han atenuado su optimismo, pero no culpa a su héroe. “Quienes llegaron después debieron haberlo solucionado”, afirmó.

Asemahle Gwala, de 26 años, relató que cuando era estudiante en la Universidad Nelson Mandela en Gqeberha, los estudiantes solían sentarse en las piernas de una estatua a escala real de Mandela, o adornarla con ropa y lápiz labial. Gwala dijo que él veía eso como recordatorio de que Mandela era humano, no la marca comercial en la que ha sido convertido.

Los sudafricanos, señaló, se identificarían más con Mandela ahora si pudieran verlo no como una estatua sino “como un ser humano que simplemente quería cambiar su mundo”.

LYNSEY CHUTEL
The New York Times

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