La práctica de la política exterior es un arte complejo que se nutre de una tensión recurrente: el equilibrio entre las necesidades domésticas y la responsabilidad internacional. El éxito de una política exterior está en la capacidad de satisfacer los intereses nacionales sin descuidar la agenda internacional. Las circunstancias imprevisibles y los eventos de alto impacto tienden a poner a prueba esta habilidad.
El ataque terrorista perpetrado por Hamás en el sur de Israel el pasado 7 de octubre es uno de esos eventos. Cada uno de los países de Latinoamérica reaccionó de acuerdo con una combinación de factores: su costumbre diplomática, las posturas políticas de cada Gobierno, los márgenes de acción realmente disponibles en los asuntos de Medio Oriente y el peso de la cuestión Israel-Palestina en la dinámica interna.
En Chile residen casi medio millón de chilenos de origen palestino –en su mayoría, cristianos–, siendo la diáspora palestina más grande fuera del mundo árabe. Tres israelíes de origen chileno fueron asesinados y hay un rehén en manos de Hamás. En septiembre de 2022, el presidente Boric rehusó recibir en el Palacio de la Moneda al embajador de Israel Gil Artzyel, en repudio a las acciones del ejército israelí en la Franja de Gaza. En la Argentina hay una comunidad judía de unas 180.000 personas, siendo la cuarta diáspora en el mundo, siete argentinos murieron en los atentados y hay once rehenes en manos de Hamás. A principios de los noventa, Argentina vivió dos atentados terroristas producidos por actores ligados a Medio Oriente (Embajada de Israel en Buenos Aires en 1992 y Asociación Mutual Israelita Argentina en 1994).
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Las respuestas de los Gobiernos de estos dos países a lo ocurrido el 7 de octubre obedecieron a su tradición diplomática, pero también en este caso estuvieron muy influidas por la relevancia que tienen en esos países las dos comunidades enfrentadas en Medio Oriente. En el caso de Chile, la Presidencia condenó a Hamás y enfatizó en la cuestión palestina. Argentina, en la primera comunicación de la Cancillería a horas de los acontecimientos, se concentró básicamente en condenar a Hamás y solidarizarse con el pueblo israelí.

El presidente Gustavo Petro con los embajadores de Palestina e Israel.
Presidencia
“Fue imprudente intentar involucrarse con un alto perfil en un conflicto sobre el cual Colombia no controla ninguna variable”.
En Colombia hay unos 100.000 palestinos de distintas generaciones (aunque no hay un censo oficial) y unos 2.000 judíos (según Jewish Population of the World). Dos colombianos murieron en el ataque de Hamás. Libre del peso político que las comunidades judía y palestina tienen en el Cono Sur y con el agravante de que dos nacionales colombianos fallecieron, el Gobierno podría haber condenado el hecho terrorista y haber demostrado mayor empatía específicamente con la sociedad civil israelí. Podía así sustraerse de las encarnizadas disputas de palestinos e israelíes en Medio Oriente y centrarse en el acto mismo de ese día sábado. Más adelante, con el correr de los días, podría haber avanzado en consideraciones críticas alrededor de la forma como se está dando la retaliación de Israel, desconociendo el respeto de los civiles de Gaza. Más aún, podría hoy insistir en el rol de la Corte Internacional de Justicia ante los crímenes de guerra cometidos por israelíes y palestinos.
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Las declaraciones de Petro fueron cándidas e imprudentes. Fue iluso presumir que los dichos del Presidente colombiano pudieran tener un impacto, así fuera simbólico, en los cursos de acción de los principales protagonistas en Medio Oriente. Fue también ingenuo pensar que estas declaraciones no tendrían la potencialidad de afectar las relaciones futuras con Estados Unidos, aliado principal de Israel, por otro lado, contribuir a una mayor protección de los palestinos y su causa. Igualmente candoroso fue creer que América Latina se solidarizaría de inmediato con la postura colombiana. Quizás existió la expectativa de algún beneficio: otra ingenuidad. Fue imprudente intentar involucrarse con un alto perfil en un conflicto sobre el cual Colombia no controla ninguna variable. La imprudencia se extiende al hecho de poner en riesgo el importante grado de reconocimiento mundial alcanzado por él mismo en cuestiones como el cambio climático, la transición energética y las políticas sobre drogas. Fue asimismo imprudente haber convertido el asunto Israel-Palestina en un tema de política interna, ya que esto no ayuda a forjar los necesarios acuerdos que requiere su ambiciosa agenda de reformas en el país.
La llave para reencauzar la relación de Colombia e Israel está en Bogotá. El objetivo principal es desescalar las tensiones que, a no dudarlo, afectarán más a Colombia que a Israel. Hay un conjunto de acciones que se pueden emprender. La primera, reducir el número de intervenciones públicas del Gobierno. Procurar, con discreción, enviar un mensaje constructivo al Gobierno de Israel. Ceñir las afirmaciones diplomáticas al ámbito del respeto pleno de las partes al derecho internacional y el derecho internacional humanitario. Eludir el Twitter –que no constituye una estrategia– y aportar a una política que reduzca la polarización generada por los extremistas y la multiplicación de víctimas civiles. Propender por el acompañamiento de iniciativas conjuntas con pares del área y a nivel mundial en la materia en vez de ideas o propuestas unilaterales. Colombia no puede, ni debe, quedar solo y aislado en lo que se refiere a su postura frente a Medio Oriente.
Con dignidad y creatividad, el presidente Petro puede aún enmendar una situación que debió haber evitado. Al final del día el ‘dictum’ de una buena política exterior es aquella que fortalece los intereses nacionales, aporta al bienestar social y garantiza la autonomía externa.
*Vicerrector de la Universidad Torcuato Di Tella (Buenos Aires, Argentina).
