En Bangladesh somos expertos en borrar la historia.
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Desde que nació nuestra joven nación hace 53 años en una traumática guerra de liberación de Pakistán, la amnesia histórica y la censura han aquejado a los bangladesíes como una enfermedad crónica. Cuando un régimen es derrocado, su sucesor actúa rápidamente para borrar los símbolos y el legado del anterior como si nunca hubiera existido.
Es por ello que durante décadas, cuando uno de los dos partidos políticos que han dominado Bangladesh —la Liga Awami y el Partido Nacionalista de Bangladesh— estaba en el poder, el otro boicoteaba el Parlamento o se negaba a participar en las elecciones. El partido siempre era antepuesto al País. Esto ha sido una maldición, que ha impedido que florezcan instituciones democráticas sólidas en Bangladesh y ha hecho que nuestra política sea conflictiva, odiosa y salpicada de violencia.
La inesperada revolución que recientemente depuso al Gobierno autocrático y corrupto de la Primera Ministra Sheikh Hasina ofrece a Bangladesh una oportunidad de liberarse de este ciclo. Lo que hace que esta revolución sea tan significativa es que fue un movimiento de base liderado por estudiantes universitarios idealistas, no uno de los principales partidos políticos.
Sin embargo, también me preocupa que esté surgiendo el viejo reflejo bangladesí de borrar el pasado.
Hace varias semanas, cuando visitantes volaron a Dhaka, la capital, fueron recibidos en el aeropuerto por un mural del Sheikh Mujibur Rahman, el padre de Hasina, que fue el líder del movimiento de independencia de Bangladesh de 1971 y la figura fundadora de la nación. En 1975, cuando era Presidente, fue asesinado en un golpe militar junto con la mayor parte de su familia. El mural daba la bienvenida a los viajeros al “Bangladesh de Mujib”.
Desde que Hasina fue depuesta, los retratos y estatuas de Sheikh Mujib están siendo desfigurados y eliminados en todo el País. Su antigua casa fue saqueada e incendiada. La declaración de Hasina del 15 de agosto —aniversario del asesinato de su padre— como día de luto fue cancelada.
Este hábito de alterar el pasado se remonta a la fundación de la nación. Cuando Bangladesh se rebeló contra el control paquistaní en 1971, el Ejército paquistaní y otros mataron a miles de personas, incluyendo a muchos intelectuales destacados. Es posible que hasta 3 millones de personas hayan muerto en el conflicto y millones fueron desplazadas.
Después de la independencia, Sheikh Mujib mantuvo vivo el recuerdo de esa matanza. Pero después de su asesinato, quienes tomaron el poder intentaron borrar su legado.
Cuando Hasina regresó al poder en el 2009 (había sido Primera Ministra de 1996 al 2001), revirtió la situación y volvió a enfatizar la importancia central de la guerra de liberación y el papel de su padre en ella. Llevó ante la justicia a los asesinos de su padre y juzgó a personas acusadas de colaborar con el Ejército de Pakistán. Pero se construyó un culto a la personalidad en torno a Sheikh Mujib. Él, sus aliados y sus descendientes fueron aclamados como los verdaderos “luchadores por la libertad” del País, mientras que sus oponentes políticos a veces eran tildados de “razakar” —el insulto bangladesí para quienes colaboraban con Pakistán. Y así prosiguió, un partido, luego otro, afirmando que eran los personajes principales de la historia de Bangladesh.
La revolución que depuso a Hasina tiene ecos de esta lucha. A partir de junio, estudiantes de la Universidad de Dhaka organizaron manifestaciones pidiendo la derogación de un sistema de cuotas, iniciado por Sheikh Mujib, que reservaba el 30 por ciento de los puestos gubernamentales para descendientes de “luchadores por la libertad”, que muchos estudiantes veían como una estratagema para cubrir puestos codiciados con compinches del partido gobernante. Hasina calificó de traidores a los manifestantes.
Los manifestantes indignados aumentaron la presión y las fuerzas gubernamentales respondieron disparando contra manifestantes desarmados. Cientos de personas murieron y miles resultaron heridas. Después de que el Ejército se negó a disparar contra sus propios ciudadanos, Hasina huyó del País.
Siento una profunda y personal sensación de alivio por la caída de Hasina, quien regularmente amenazaba con encarcelar a mi padre, Mahfuz Anam, cofundador y editor de The Daily Star. Estaba enojada por la cobertura que el periódico le daba. Viviendo en el extranjero, temía recibir una llamada telefónica a altas horas de la noche informándome que mi padre había sido arrestado. Afortunadamente esa llamada nunca llegó.
Las escenas en Bangladesh son emocionantes e inspiradoras. Los estudiantes universitarios representan un movimiento político que ofrece algo nuevo y diferente de los dos partidos que monopolizaron el poder durante los últimos 53 años. Dondequiera que uno mire, está surgiendo la esperanza.
Y, sin embargo, se respira venganza. Desde que asumió el Gobierno interino, personas que se alinearon con el antiguo régimen han sido arrestadas y acusadas de asesinato.
Ahora, los bangladesíes tienen la oportunidad de poner fin a la cultura política tóxica que ha impedido que su País alcance todo su potencial y de escribir una nueva historia —una que retiene el pasado mientras mira al futuro.